Durante muchos años sociólogos, pensadores, y opinólogos varios nos hemos dedicado a criticar a la elite chilena. No faltaba motivo para ello. No pocas veces en nuestra historia un pequeño y endogámico grupos de familias se han repartido de manera omnívora el poder y el prestigio, intentando hacer lo posible para evitar que nadie distinto entre al juego.
No en pocos lugares importantes de nuestra cultura, y nuestra política es la moral del patio escolar -preferentemente católico, preferentemente en inglés o en alemán- la que ha prevalecido sobre la moral de la plaza pública. No pocas veces se nos ha privado a los chilenos del derecho a opinar y decidir para dejarnos bajo la protección de unos padres que se escapan cuando los necesitamos y nos aplastan cuando ya no los queremos aquí.
Por lo demás, las elites no necesitan ser egocéntricas y provincianas para ser sujeto de la crítica sistemática de los ciudadanos. La rebelión contra las elites es una señal de sanidad democrática de un país. La crítica contra los de siempre es el primer paso para entrar al baile. La destrucción del status quo, la única manera de mantenerlo a largo plazo. ¿Pero qué pasa cuando el desprestigio constante de las elites logra que nadie quiera ser parte de ella? O para plantearlo de manera más clara y chilena: ¿qué pasa cuando los que gobiernan no quieren gobernar, los que saben no quieren enseñar, los diferentes quieren ser homogéneos?
Algo de esto ha ido pasando en Chile -como ha pasado en Estados Unidos gracias a Bush y en Venezuela, gracias a Chávez. Un sector privilegiado de la elite -funcionarios de la Concertación con becas Corfo en distintos lugares del mundo- se ha apoderado del discurso anti elitista para a través de él acallar todo debate posible. Cualquier crítica a su ramplona mediocridad es descalificada por aristocratizante, elitista y anticiudadana. Todo intento de crítica razonable es lanzado a los perros del relativismo de la ONG en que no hay verdades absolutas, o sea, donde no hay verdad en absoluto.
De pronto, sin saber muy bien cómo, algunos han pasado de la crítica a nuestra elite -que tiene mucho de criticable- a la crítica a la idea misma de que es normal y sano que en una sociedad existan elites. Que la ministra de Cultura no tiene por qué ser una actriz, muy buena por cierto, si no alguien que sabe quién es Nicanor Parra y cómo se debe hablar con él. Que la ministra de Educación tiene que ser alguien con temple suficiente para no irse de boca en la primera ocasión diciendo que nunca ha visto un cura en una población, que la Presidenta no tiene que hacer a cada rato gala de su poca experiencia política, que los escritores chilenos tienen que saber escribir, los pintores pintar, y los periodistas hacer preguntas más cortas que las respuestas de sus entrevistados.
La cantidad todos podemos contarla, la calidad, la esencia, el sentido, es el trabajo de un grupo humano que es siempre reducido, altamente competitivo. No es bonito que así sea, ni es justo pero así es. Yo quisiera ser el Chino Ríos pero no lo soy, ni tampoco soy García Márquez. Parte de saber quien soy nace de admitir que juego peor tenis que el Chino Ríos, y que soy peor escritor que García Márquez.
Los que hacen la diferencia, son por fuerza diferentes. No tienen por qué venir todos del mismo colegio, ni comer en el mismo restaurante, pero tienen la extraña tendencia de juntarse entre sí. Lograr el encuentro y la cohesión de esa elite en torno a las ideas y no al miedo, es uno de los trabajos más importante de un buen trabajo. Ampliar la cantidad de personas que pertenecen a la elite es el sueño de la izquierda. Un sueño que sólo no se convierte en pesadilla si al mismo tiempo nos preocupamos de mejorar la calidad, humana, intelectual, vital, de esa elite. Crear oportunidades no es lo mismo que crear oportunistas.
El gobierno de los mejores no asegura la felicidad ni la eficiencia de un gobierno, de una familia o de un país. El gobierno de los peores asegura, sin lugar a duda, el desastre. Por desgracia, los mejores suelen ser poco leales, pocos simpáticos, poco generosos. Administrar sus egos y sus ganas para que creen y no depreden es lo que hace grande un gobernante.
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